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¿Por qué viajar modifica el cerebro y te hace feliz?

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No es un secreto que las personas utilizan los viajes para marcar momentos, por ejemplo conmemorar los quince años, otros viajan porque se casan y celebran, otros para reflexionar y tomar decisiones, para conocer y salir de la rutina y otros para olvidar y empezar de nuevo. Sea cualquiera el motivo del viaje, aparte de generar emoción y expectativa, culturizar y ser una oportunidad para el aprendizaje, los viajes se convierten en un posibilidad para que el cerebro fortalezca conexiones sinápticas, para que algunas poco útiles se suiciden (o dejen de existir) y otras puedan  generarse por primera vez.

Viajar tiene repercusiones importantes en el cerebro y por ende en la calidad de vida. Hasta hace unos años, se consideraba que el cerebro de las personas adultas no se modificaba, sin embargo con el descubrimiento de la plasticidad cerebral (el cerebro cambia de acuerdo a las experiencias), se puede decir       que un viaje transforma la manera de razonar y actuar.

Indagando respecto a la influencia que tiene viajar sobre el cerebro, se han recopilado varias razones que afirman que las personas que viven esta experiencia han sentido cambios desde que lo involucraron en su estilo de vida.

Quienes viajan presentan mayor facilidad para adaptarse a los lugares nuevos, les cuesta menos dificultad enfrentarse a nuevas sensaciones, aromas, sonidos y paisajes. Variar los lugares mientras se viaja consiste en realizar pequeños pero consistentes cambios, ya que si bien se viaja para disfrutar de comodidades o experiencias nuevas según el viajero, debe haber una rápida adaptación al nuevo entorno. Esto se ve reflejado en la vida cotidiana ya que la persona podrá sentirse menos o con ausencia de tensión cuando se encuentre frente a sensaciones o contextos inexplorados, como un nuevo lugar de trabajo o vivienda, nuevas situaciones emocionales.

Un viajero está dispuesto a nuevas experiencias, estas no lo desestabilizan o cabe la posibilidad que las busque para sentirse vivo.  No le teme a los cambios y tiene la capacidad de ver posibilidades en la transformación de lo que antes se había planeado diferente. No es que el viajero no experimente diversas sensaciones ante los cambios, pero sí se le facilita tomar una pausa, observar y tomar la nueva situación con mejor actitud sin tambalearse ante el cambio.

En cuanto a las relaciones interpersonales se puede decir que son de mejor calidad, ya que al viajar la persona se encuentra en la necesidad de tomar una posición cordial ante el otro así sea desconocido, a tolerar su forma de pensar bien sea porque es su compañero de viaje o porque está de forma transitoria en su vida. Se ejercita la empatía y se ponen en consideración aspectos que son realmente relevantes para poder calificar la relación con el otro. Viajar reduce los apegos al comprender que la vida es cambiante y que debemos disfrutarla a plenitud en el instante que se tiene.

La creatividad se destaca en la mente viajera ya que los nuevos paisajes, nuevos aromas, colores y emociones nos impulsan a crear. Estas experiencias propician la creación de nuevas conexiones entre neuronas y como consecuencia mayor habilidad para resolver problemas. Regresar al trabajo después de un viaje aumenta la productividad ya que la persona regresa motivada, con nuevos objetivos y con energía para convertirse en una versión mejorada. Viajar nos hace ver la vida con otras gafas, es un cambio que inspira.

Finalmente es necesario mencionar que viajar produce felicidad. Puede parecer obvio, pero planear un viaje genera expectativa, lo que podría compararse con las “mariposas” en el estómago relacionadas con el amor. Un viaje puede tomarse como autorecompensa después de un arduo año de trabajo o de un esfuerzo grande por ahorrar. Los recuerdos que se almacenan en la memoria episódica sobre un viaje producen placer a largo plazo, dan felicidad cada vez que se evocan.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla” García Márquez.